En Talleres hay apellidos que pesan, que te hacen parar la oreja apenas los escuchás. Y sin lugar a dudas “Astudillo” es uno de esos. No es solo un apellido, es un pedazo de nuestra historia, de esas letras que se escriben en el libro grande del Matador y que se heredan como un amor que pasa de generación en generación.

Todo empezó con Eduardo René Astudillo, un lateral que llegó a barrio Jardín en 1972 desde las inferiores de Boca y que se quedó nada menos que diez temporadas consecutivas vistiendo la camiseta más linda del mundo. Diez años dejando todo, y siendo parte de esa era dorada que todavía nos saca una sonrisa cuando la recordamos. Eduardo no solo defendía nuestra camiseta: la honraba, la transpiraba y la sentía. Fue de Selección, campeón en el Preolímpico 1980, y sobre todo, un símbolo de pertenencia. Un verdadero Patrimonio Albiazul.

Pero la historia no terminó ahí. Porque el amor por Talleres corre por las venas, y Eduardo lo transmitió a sus hijos. Y vaya si lo transmitió.
Primero, Rodrigo Astudillo. «Astu», delantero de esos que se bancan las difíciles, que saben lo que es jugar clásicos, ascender y levantar copas. Campeón del Nacional B en 1998 contra los de Alberdi, campeón de la Copa Conmebol en 1999 y autor de goles que nos hicieron gritar hasta quedarnos sin voz.
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Y después, Federico Astudillo, goleador en la Copa Libertadores 2002. Sí, ese año difícil, de lucha y de desgaste, pero que nos dio el orgullo de jugar en el mítico estadio Azteca y de gritarle goles a River y a Cortuluá en el Chateau. Federico quizá no sea de los más mencionados en las charlas de tribuna, pero su aporte en aquella aventura internacional fue clave. Otro hijo de la casa que supo defender la camiseta con actitud, en tiempos en que la hinchada necesitaba razones para ilusionarse.

Tres Astudillo. Tres Matadores. Tres historias distintas, pero con el mismo hilo conductor: el amor por Talleres. Eduardo, Rodrigo y Federico son más que una familia de futbolistas; son una familia Albiazul. Una de esas que representan lo que somos: pasión, lucha, orgullo y pertenencia.

Porque los jugadores pasan, los años también… pero los apellidos que se graban en nuestra historia, esos, quedan para siempre.