La secundaria es una de esas etapas que nos marcan para siempre. Son años que quedan guardados en la memoria, donde nacen amistades, sueños, miedos y recuerdos que nos acompañarán toda la vida. Y para quienes amamos el fútbol, también quedan grabados los equipos de aquellos años, los campeones de turno, las cargadas en el recreo y las tardes de cancha con amigos.
Ni el mejor guionista habría imaginado lo que nos tocó vivir a muchos hinchas de Talleres. Entramos a primer año viendo a nuestro Club en la tercera categoría del fútbol argentino y nos egresamos viéndolo jugar Copa Libertadores. Una historia que se dio vuelta por completo en apenas seis años. Los mismos seis años que parecían eternos cuando estábamos en la escuela.
En aquella reconstrucción aparecieron nombres que quedaron para siempre en nuestra memoria. Klusener, que se transformó en bandera de una época. El Cholo Guiñazú, que llegó a Córdoba para cumplir su sueño después de una carrera extraordinaria. Y también un arquero que llegaba con pasado en la vereda de enfrente, rodeado de dudas, rumores y desconfianza. Guido Herrera.
En esas primeras conversaciones de cancha, de escuela o de barrio, discutíamos si había que bancarlo o no. Lo que ninguno imaginaba era que ese nombre nos iba a acompañar durante más de diez años.
Del arquero de Talleres al arquero de nuestras vidas
Estuvo cuando nos fuimos de viaje de egresados. Cuando arrancamos la universidad. Cuando conseguimos nuestro primer trabajo. Cuando llegaron los primeros amores, las primeras desilusiones y también los primeros logros. Mientras nuestras vidas cambiaban una y otra vez, cada fin de semana había algo que permanecía igual: Guido Herrera defendiendo el arco de Talleres.
Aquel arquero que llegó cuestionado terminó defendiendo estos colores como si hubiera nacido en Barrio Jardín. Atajó como ataja un hincha. Defendió el arco como si detrás suyo estuviéramos todos nosotros.
Las vueltas de la vida me trajeron hasta acá. A trabajar en Talleres. A vivir el Club desde adentro. A cruzarme con Guido por los pasillos que tantas veces había recorrido solamente como hincha. Y también me trajeron hasta este momento, el de escribir unas líneas de despedida que jamás imaginé escribir.
Mientras lo hago, se me viene aquel chico que gritaba «¡Guido Herrera!» en los recreos cada vez que se tiraba al piso para atajar una pelota improvisada. Pero tampoco puedo evitar pensar que esta historia no es solamente mía. Es la historia de miles de chicos y chicas, toda una generación que creció viendo tu ejemplo.
Porque tu legado va mucho más allá del fútbol
Tu historia nos enseñó algo mucho más importante. Que el pasado no define a las personas. Que siempre existe la posibilidad de cambiar, de reconstruirse, de ganarse un lugar y de convertirse en algo mucho más grande de lo que los demás imaginan.
Por eso duele despedirte. Porque despedimos a un arquero extraordinario, a un capitán, a un referente. Pero también despedimos una parte de nuestra propia historia.
Gracias por cada atajada. Gracias por cada abrazo. Gracias por cada batalla. Pero sobre todo, gracias por haber acompañado una década entera de nuestras vidas.
Talleres siempre será tu casa Guido.
— Un hincha agradecido.