Hay futbolistas que dejan huellas en las canchas. Otros, en los corazones de los hinchas. Y hay muy pocos que logran algo todavía más profundo, inspirar el arte, la literatura, la imaginación de los grandes contadores de historias. Daniel Willington fue uno de ellos.

En vida, su talento fue celebrado por multitudes y reconocido por sus pares. Pero su magia con la pelota trascendió incluso los límites del fútbol, cuando Roberto Fontanarrosa, uno de los escritores más queridos y admirados del país, decidió inmortalizarlo en un cuento.
“El Exorcista”, así tituló su relato. fue el homenaje que el rosarino le dedicó al crack nacido en Santa Fe y adoptado por Córdoba. Un texto que habla del asombro absoluto que podía provocar Daniel cada vez que la caprichosa tocaba su botín derecho.

En aquellas líneas, Fontanarrosa describió una escena en la que Willington baja una pelota imposible con la delicadeza de un artista, y el estadio entero estalla en un aplauso silencioso, respetuoso, como si se tratara de un teatro.
EL EXORCISTA
«Era una pelota, señores, poseída por el demonio. Bajaba desde el cielo, créanme, convulsa, atrapada por el efecto espasmódico contraído por un despeje largo y defectuoso o por un disparo trabado a último momento. Digo más, esa pelota, queridos amigos del viril deporte del balompie, traía consigo dos o tres efectos simultáneos: hacia atrás, hacia adelante y hacia ambos costados. Y gemía, crujía, jadeaba, emitía gorgoteos sobrecogedores. Bajaba, en suma, endiablada, hacia un señor que se llamaba Daniel Willington y que la esperaba parado, casi sobre la línea de fuera, midiéndola con la mirada torva de los que saben.
Era en la cancha de Central y, rodeando a Willington, había varios hombres de los nuestros. No intentaron ni siquiera anticipar o intervenir en la jugada. Sabían que esa pelota era imposible de dominar y que el rebote, corto o largo, los favorecería. Willington levantó su pierna derecha con el movimiento lento y acompasado de las garzas, hasta que el pie alcanzó la altura de su propia cabeza. Y la pelota, la trastornada, la rabiosa, la enloquecida, se posó sobre la punta de ese pie derecho para quedar allí, mansa, sosegada, como el halcón que encuentra la mano enguantada de su señor. O, más domésticamente, como el loro que localiza el dedo familiar de su dueño. Así, pegada a la punta de su botín, ya tranquila, ya exorcizada, Willington la bajó casi hasta el piso pero, antes de dejarla tocar el suelo, le dió un golpecito tenue con la capellada, luego otro, y la puso en el pecho de un compañero que estaba a unos diez metros de distancia, por sobre las cabezas de los jugadores de Central.
Recuerdo que se hizo un silencio breve en el estadio y después rompió un aplauso respetuoso, cálido, reconocido, más propio de una sala teatral que de una cancha de fútbol. Ni siquiera sé cómo salimos ese día. Me acuerdo, solamente, de esa pelota que bajó Willington.»
Gracias, Daniel. Por los goles, por la magia… y por haberte vuelto una leyenda.